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QUÉ ESTÁ PASANDO? | VIVIMOS INMERSOS EN LA CULTURA DEL SIMULACRO.


De la misma forma que la imprenta permitió el desarrollo y difusión de la cultura, de la palabra; o el cine y la fotografía crearon una civilización de la imagen para las masas; la red ha contribuido a la democratización de la cultura por un lado y a la banalización de la misma por el otro. Como dijo Walter Benjamin 'Jamás se da un documento de cultura sin que lo sea la vez de la barbarie'.

Marshall McLuhan auguró que la tecnología es una extensión de nuestros sentidos, pero que de la misma forma que nos amplifica nos amputa. Extendemos nuestra mente a la red y nuestra memoria a la nube como almacén de todo aquello que no nos esforzamos en retener, hemos cambiado la cantidad por la calidad.

Vivimos en la era de la 'pantalla global', encapsulados en la pantalla digital, desechando todo lo demás incluso nuestra memoria, la propia y la histórica, obviando el pasado y condenados a repetir sus errores.

La memoria, todo lo que vemos hoy en día es efímero. Nada permanece, ni se recuerda, las capas de información parecen solaparse unas sobre otras ocultando las anteriores. La era de la información que nos han brindado los avances como internet se ha convertido en la era de la desinformación, consumimos como drogadictos contenidos electrónicos diseñados para segregar nuestra dopamina. No hay más que hacer la prueba de liberarnos por un día, por ejemplo, saliendo a la naturaleza, y comprobaremos como al principio hay una especie de síndrome de abstinencia, tenemos la necesidad de ese estímulo al que estamos tan acostumbrados.

Nuestras prioridades y deseos los determina el materialismo y la aspiración al éxito; y no la estética, la ética o la espiritualidad. La cultura ha perdido el 'aura' benjaminiano. El conocimiento está ligado a modas y corrientes pasajeras, a las apariencias en definitiva. La información ha perdido su deseo de trascender para convertirse en objeto de consumo cuyo valor se agota en el acto de adquisición en la lógica del capitalismo. El aura se simula a través de lo publicitario. Se sustituye el goce estético por el económico, de poder.

La cultura corre el riesgo de ser superada rápidamente por algo que ella misma ha provocado: la comercialización, la monetarización, en el sentido literal de la palabra, del bien cultural. En esta banalización de la cultura todo es venal, en su doble acepción: vendible y sobornable; como marca de moda asociada a la felicidad para fomentar el consumo de cultura banal como arma de prestigio social.

Decía Joan Fontcuberta que existe una cultura de la creación y otra de consumo, pero la primera no siempre es rentable. Hoy en día domina la cultura orientada al consumo, que privilegia el mercado y la industria, encaminada a vendernos la evasión y la felicidad; una cultura masificada bajo eslóganes como 'animación cultural' o 'entretenimiento' para vendérnosla como producto y satisfacer nuestra dosis de hedonismo.

Guy Debord en 'La sociedad del espectáculo', entiende la vida social como 'la declinación de ser en tener, y de tener en simplemente parecer', esa condición en la cual la vida social auténtica se ha sustituido por su imagen representada, el momento histórico en el cual 'la mercancía completa su colonización de la vida social'.

Jean Baudrillard, en su obra 'Cultura y simulacro', (Kairós, Barcelona, 1978), distingue entre 'disimular' y 'simular'. Disimular es fingir no tener lo que se tiene, haciendo todo lo posible por no evidenciarlo. Simular es aparentar ser quién no es o poseer lo que no tiene, crear una figura irreal, inexistente. Lo uno remite a una presencia, lo otro a una ausencia. El término de la hiperrealidad fue enunciado por Baudrillard para definir la época actual como era de simulación. Fue tomado por él de la tendencia pictórica norteamericana de los años setenta denominada hiperrealismo y cuyos orígenes debemos buscar en pop-art de la década de los sesenta.

El Arte Pop fue el primer movimiento obsesionado por la simulación y la identidad. Andy Warhol se fabricó una identidad a través de una serie de fotografías, escenografías, y disfraces; cuyo antecedente fue la versión de Rrose Sélavy, alter ego femenino de Marcel Duchamp, en sus sesiones fotográficas con Man Ray.

Realidad y ficción estaban interconectadas y las copias tenían tanto o más valor que el original. Sin embargo, cuando Marcel Duchamp firmó sus obras con los seudónimos 'Rose Sélavy' y 'R.Mutt', con él comenzó una lista interminable de identidades robadas o construidas.

Posteriormente, este tipo de acciones se desarrollaron profusamente en décadas sucesivas. Artistas como Cindy Sherman, Paul McCarthy y Mathew Barney son paradigmas de la auto-transformación. Ellos, en el discurso de su obra, confrontan su propia personalidad con caricaturas. Reinventan su identidad usando máscaras y disfraces en escenarios virtuales que nunca existieron, todos ellos han ofrecido aproximaciones de juego identitario.

Hoy construimos identidades en torno a las redes sociales, la simulación de la personalidad se ha convertido en una de las lacras de nuestra sociedad, no hay más que asomarse a ver qué sucede al otro lado de la pantalla, el nacimiento de un nuevo Ismo, o un Ego-Ismo, en un deseo de auto adoración y una necesidad de aprobación.

Decía José Luis Borges que 'toda autobiografía es ficción, toda ficción es autobiografía'. Es imposible no hacer ficción cuando narramos o ilustramos hechos autobiográficos, no sólo por la falta de objetividad, sino porque en el tránsito de la idea al lenguaje se ficciona. Según psicólogos actuales hay una pérdida de conexión con el propio cuerpo que debería ser afrontada con la reflexión, sin máscaras ni substitutos, y a través de una profunda revisión de los instintos humanos. El problema a la hora de percibir la realidad, por tanto, no sería llevar a cabo una mala interpretación de ésta, sino cómo llegamos a la construcción de una nueva realidad sin límites.

Si hoy preguntáramos a los niños qué quieren ser de mayores nos encontraremos con respuestas como instagramers, youtubers, bloggers o influencers… Somos hijos del Pop y no podemos negarlo, en esta banalización hemos caído en nuestro propio mito de Narciso y nos ahogamos. Es decir, se valora más la apariencia, el simulacro, que el ser verdadero.

Un artista que ha reflexionado en torno a las actitudes de usuarios de Instagram ha sido el israelí Shahak Shapira, en su controvertida obra 'Yolocaust', crea una simulación tomando prestados selfies de los turistas tomados en el memorial del holocausto en Berlín, de un lado, y las fotografías de los campos de concentración de otro; creando una serie de imágenes macabras a la par que reflexivas que llaman nuestra atención sobre los comportamientos irrespetuosos y poniendo de manifiesto la frivolidad y lo ridículo de los selfies en un memorial, un espacio cuya función para la memoria colectiva parece haberse desvirtuado por el afán de protagonismo en redes sociales.

Estas tendencias parecen habernos adentrado en una época de barbarie en la que se ignoran los valores de antaño intrínsecos al arte y la cultura en beneficio de lo propagandístico y mercantil. Matisse decía que el arte debe ser algo así como un buen sofá, que permita evadirse, desligarse de lo cotidiano o relajarse tras un largo día, pero el problema es que ahora nos sentamos frente a las pantallas.

La rapidez con la que vivimos, consecuencia de una sociedad mercantilizada que hace de la competencia su arma más poderosa deja un poso en nuestra sociedad; la superficialidad. Las mencionadas redes sociales aumentan usuarios de forma exponencial, el intercambio de imágenes banales pasa tan deprisa que nos dejamos llevar por ellas sin siquiera analizarlas, mensajes y opiniones de otros que nadie se molesta en contrastar o prefabricadas exprofeso lo invaden todo, repeticiones de unos y otros sobre los mismos temas que cambian según los intereses de la corriente dominante, somos como replicantes… Aceptamos que los medios nos impongan opiniones de 'famosos' en torno a un tema determinado, en lugar de contar con expertos en el tema.

Ése es el panem et circenses de nuestro tiempo, el pan y circo del siglo XXI, donde el poder, al igual que hicieran los emperadores de la antigua Roma, acostumbra a desviar nuestra atención sobre hechos controvertidos con alimento y entretenimiento de baja calidad. Con esas palabras, hace unos días, un colectivo de artistas, gestores y trabajadores de la cultura, organizaban una acción proyectando 'Pan y circo' en el friso del CAC de Málaga denunciando prácticas poco transparentes en torno a su gestión.

Si según el Diccionario de la Real Academia de la lengua española, la definición de 'Cultura', en su segunda acepción, es el 'conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico'. Entonces, ¿hemos perdido nuestra capacidad de juicio propio? ¿Para qué pensar por uno mismo si parece más fácil dejarse llevar por el mainstream? Parece más fácil quedarse dormido en esa corriente dominante, no llevar la contraria, no pensar uno mismo, que arriesgarse a hablar cuando la libertad de expresión ha empezado a cotizar como un bien de lujo.

CRÉDITOS. SHAHAK SHAPIRA/MATHEW BARNEY/PAUL MCCARTHY/CINDY SHERMAN/MARCEL DUCHAMP/ANDY WARHOL/KAIRÓS/E PUB /GALAXIA GUTEMBERG/GEDISA EDITORIAL / TIMELESS.

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Editado en Madrid por Timeless.
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