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LA CULTURA DE LA VIOLACIÓN EN EL ARTE: RAPTOS, PERSECUCIONES Y OTROS ABUSOS CONTRA LA MUJER.


Desde la antigüedad hasta nuestros días el ser humano ha sentido la necesidad de representar el deseo, el placer erótico, incluso el propio acto carnal. La representación cultural del erotismo va desde las figuras de la cerámica arcaica griega a las piezas provenientes de los pueblos Mochica; desde las bacanales de las pinturas pompeyanas a las Venus recostadas del Renacimiento; desde los capiteles licenciosos de algunos templos románicos a la irrupción de la fotografía erótica en el siglo XIX, entre tantos otros ejemplos.

La historia del arte está llena de representaciones apasionadas del acto sexual, pero en ocasiones, en esa construcción de la imagen erótica se han difuminado los límites entre lo erótico, lo pornográfico y lo violento.

En la representación de lo erótico han intervenido los clichés asociados a lo masculino y lo femenino. La cultura patriarcal ha estereotipado y tratado como objetos sexuales a las mujeres. La feminidad no se ha concebido como una cualidad prefijada, sino como un conjunto de comportamientos que han ido modelándose a lo largo del tiempo según las exigencias del momento, una categoría fluida, construida por la mirada masculina que puede variar desde la mujer casta, delicada y ángel del hogar, hasta la femme fatale.

Se da una jerarquía en la representación de los géneros, la masculinidad y su imagen heroica cumple con las expectativas que el patriarcado les ha atribuido a los hombres. Puesto que el arte, y, por consiguiente, el arte erótico, ha estado dominado por el género masculino y ha reflejado un sistema de valores desigual.

El arte del patriarcado ha sido en gran parte la expresión de una serie sentimientos ambiguos de los hombres hacia las mujeres que han acostumbrado a gobernar, una relación amor-odio, lujuria e ira, que van desde la adoración hasta la repulsión.

Por un lado, la mujer es un principio positivo, pues está ligado a la fecundidad y a la vida. Ya en la antigüedad existen evidencias arqueológicas devocionales por parte de los hombres hacia las mujeres, un claro ejemplo sería la famosa Venus de Willendorf. Por otro lado, en los albores de la civilización con la cultura griega, crisol del patriarcado, se crea una imagen de la mujer como portadora de desgracias para la humanidad.

Desde la famosa Teogonía de Hesíodo, se menosprecia el sexo femenino desde el mismo momento de su aparición, el relato de su creación a través del mito de Pandora. La propia mitología creada por los hombres para establecer las bases patriarcales es la que explica lo femenino vinculado al mal.

La violencia simbólica, definida por Pierre Bordieu, “se caracteriza porque transforma en naturales aquellas modalidades culturales que tienen por finalidad someter a un determinado grupo social, utilizando estrategias que han sido desarrolladas por aquellos que tienen el poder. Es decir, es una violencia que convierte en natural lo que es una práctica de desigualdad social y, precisamente por ello, es una violencia contra la que suele oponerse resistencia”.

Este tipo de violencia actúa por medio del menosprecio y las minusvaloración de lo femenino con el objetivo de que las mujeres acepten una posición de inferioridad respecto al sexo masculino, justificado como un hecho natural o biológico, con la finalidad de hacerlas sumisas y obedientes.

En la historia del arte occidental existen numerosos ejemplos de una violencia más explícita, física y sexual hacia las mujeres que han venido a denominarse “raptos”. Sin embargo, bajo esta denominación un tanto engañosa, se esconden episodios de violación que solían ser de mujeres vírgenes.

En la mitología griega la violación es narrada como un hecho engendrador y heroico por parte de dioses como Zeus, que violan a doncellas y engendran héroes a medio camino entre divinos y mundanos. Este “rapto”, además de ser un acto perverso contra la mujer, aporta la idea de robo de una propiedad privada por parte de un hombre a otro hombre, ya sea el padre o el marido, de forma que objetualiza a la mujer y quita peso al acto delictivo.

A lo largo de la historia encontramos una idealización del abuso sexual que parece legitimarlo, se da una estetización de la violación. En las Metamorfosis de Ovidio abundan en relatos cuyo eje son las violaciones de personajes femeninos con un modus operandi similar: las mujeres son violadas a la fuerza por parte de divinidades superiores y además son castigadas: Apolo y Dafne; El rapto de Prosepina; El Rapto de Europa; Leda y el Cisne, Dánae...

Si nos dedicamos a leer con atención sobre la mitología griega, comprobaremos que allí donde aparece una ninfa o atractiva doncella seguramente será raptada y violada, y que además se narra como un comportamiento normal, o al menos habitual, que se da por parte de un dios de naturaleza superior y ante lo cual no se puede hacer nada, o casi nada.

La ninfa Dafne se convertiría en árbol para evitar ser poseía por el dios Apolo.

El rapto de Perséfone por Hades, el dios del mundo subterráneo, cuyo rapto la mitología usó para explicar fenómenos naturales como el cambio de las estaciones del año, ya que ella se ve obligada a pasar de por vida tres meses al año junto a Hades en el tártaro.

Europa, conocida por ser una de las muchas amantes de Zeus. El dios supremo se enamoró de ella y decidió poseerla bajo la forma de un toro, la raptó y se la llevo a Creta, donde tuvo lugar su unión.

Según la mitología, Zeus violó o sedujo (depende de la fuente) a Leda mientras caminaba por la orilla del rio, descendiendo del Olimpo en forma de cisne. Las obras de pintores que se basan en este relato – desde Leonardo Da Vinci hasta Salvador Dalí –, no representan la violación, sino que en este sitúan a Leda abrazada al cisne, simbolizando el abrazo la relación sexual, y otorgándole un halo de consentimiento. De esta relación nació Helena, cuyo rapto perpetrado por Paris fue, utilizado para justificar el inicio de la famosa guerra de Troya, donde de nuevo vemos el uso de la mujer como sujeto portador de desgracias.

Los artistas se basan en la estética para presentar un episodio mejor de lo que es. Dánae, de Klimt es una hermosa Dánae, pasiva, en una postura erotizada. En ella elude la narración de la violación y lo presenta como un instante estético con lluvia de partículas de oro en que se había convertido Zeus. Podemos suponer que Dánae no se da cuenta de lo sucedido hasta verse embarazada de Perseo. De este modo Klimt nos hace cómplices, nos hace voyeurs de una Dánae durmiente.

La negación de lo femenino llega a tal extremo en la mitología que en ocasiones llega incluso a despojar a la mujer de aquello que les innato, del parto. En muchas representaciones podemos ver a Atenea naciendo de la cabeza de Zeus, su padre.

En el mundo romano, ya desde sus inicios, se presenta el rapto como una forma de fundación y con una clara justificación demográfica, donde el rapto de mujeres del pueblo vecino cumplía una función para establecer su nueva población. La representación de El Rapto de las Sabinas fue un tema habitual en diferentes momentos por artistas como Rubens, Giambolognia, David, Poussin, Picasso, etc.

En la mitología los dioses o héroes sacian sin tener en cuenta la voluntad de las mujeres, sobre los que se ejerce una violencia física, psicológica y sexual como mecanismo de control. En paisajes y escenarios bucólicos los artistas varones convierten las persecuciones y violaciones en supuestas relaciones amorosas. Es cuando la violencia sexual es mostrada como un ideal romántico. En eso se basa la cultura de la violación, en naturalizarlo, embellecerlo, erotizarlo...

La biblia es otra importante fuente de documentación para el tema de la violencia contra la mujer. Si hay un capítulo en la Biblia en que se aprueba el incesto y la violación es el de Lot y sus hijas (Génesis, 19), mientras los ángeles llegan a Sodoma para deshacerse de ese pueblo lleno de perdición, acontece esta historia que parece promover no sólo la violación de las hijas de Lot, sino también la pederastia con el fin de preservar un linaje.

El tema de Susana y los viejos (Daniel, 13), ha sido ampliamente representado por diferentes artistas, en su mayoría varones. La joven Susana se estaba dando un baño cuando dos jueces ancianos fueron a proponerle cosas deshonestas. Ella les rechazó y ellos la chantajean, o se deja violar, o los jueces la acusarán de adulterio públicamente.

Si comparamos la versión de Guido Reni, 1620. y por otro lado, la de Artemisia Gentileschi, 1610; La representación de Artemisia se distingue en la forma de representar a Susana, no como objeto carnal, sino como sujeto avergonzado, asqueada y huidiza.

A pesar de la inocencia de Susana posteriormente demostrada por Daniel, a lo largo de los siglos el personaje de Susana va perdiendo su estatus sagrado para pasar a tener un componente erótico y sensual.

A partir del Renacimiento su representación se va a centrar en el episodio y en la escena del baño con los viejos mirando, llegando a su apogeo en el Barroco. En cierto modo, se convirtió en una femme fatale que seducía a los viejos y al espectador sin advertirlo. El tema había sido representado en numerosas ocasiones, pero con Artemisia, ya sea porque fue víctima en sus propias carnes de una violación, adquiere un tono distinto, ya que muchos otros artistas habían presentado a una Susana más frívola o la hacían culpable del episodio mostrando cierta coquetería.

La importancia de la Virgen desde los albores del medievo en el mundo cristiano refleja un sentimiento de adoración, por un lado, y la atribución de una serie de características extrapolables al concepto de la mujer y de la feminidad, por otro; como los son la virginidad, la maternidad, bondad, pureza, etc.

Observando el cuadro de La Anunciación, de Fra Angélico, me pregunto – aun a riesgo de que me acusen de herejía – si ha habido una especie de metamorfosis al estilo del dios griego Zeus para poseer a la virgen y así engendrar al niño Jesús, ya que no recuerdo un pasaje de la Biblia en que a ella diera su consentimiento para ello.

Es decir, a María se le anuncia que quedará en cinta y que dará a luz al Mesías y ella lo tiene que aceptar. La iconografía suele representar el momento de la fecundación como un haz de luz que se dirige hacia el vientre, algo ante lo que ella permanece pasiva como lo hiciera Dánae ante la lluvia dorada de Zeus.

Con la excepción de la Virgen, hubo muchos otros personajes femeninos en la Biblia para representar el mal en la mujer, así como en el mundo clásico teníamos a Pandora, en el Cristianismo sería Eva, o en la tradición judía su predecesora Lilith; son siempre mujeres que no se amoldan a los designios del patriarcado, que se revelan o reaccionan en contra de él.

En la literatura encontramos otros tantos ejemplos. Se imprimen en el imaginario colectivo una serie de roles sexistas de los que la mujer no puede escapar o si lo hace produce una idea de extrañamiento. Los cuentos que siempre habíamos creído inocentes se tornan oscuros: Bella es secuestrada y encerrada por Bestia; Blancanieves servía, cocinaba y limpiaba para siete enanitos, y un largo etcétera. Los cuentos aportan tanto a nivel consciente como inconsciente, no solo en cuanto a violencia sino también la asociación de características con tipos de persona: fea-mala-bruja, estereotipos que también encontramos en la tradición cristiana.

Los raptos, violaciones o matrimonios concertados se suceden a lo largo de toda la Edad Media y Moderna. Los temas van desde el ultraje que sufrieron las hijas del Cid Campeador por parte de los Condes de Carrión tras su matrimonio, hasta la Historia de Nastagio degli Onesti, representada por Boticcelli y basada en las historias del Decamerón de Bocaccio.

Lo que une a todas estas historias de mujeres agredidas sexualmente es la premeditación, la misoginia y la falsa superioridad del varón que engaña y viola a las mujeres.

El sí de las niñas, de Leandro Fernández de Moratín reflexiona sobre los matrimonios de conveniencia, como también lo representara Goya en uno de los cartones para tapices, Una boda, 1792. Así como en la serie de grabados de los Desastres de la guerra, el aguafuerte “No quieren” representa a una mujer que se defiende del acoso de un soldado francés, mientras una anciana con un cuchillo trata de defenderla. Sin embargo, en Los Caprichos, la estampa “que se la llevan” contiene un texto en el que culpabiliza a la mujer: “la mujer que no sabe guardar es del primero que la pilla y cuando no tiene remedio se admira de que se la llevaron”.

La violencia de género está en la Historia del Arte, en la literatura, la religión y cualquier otra manifestación cultural.

Dorotea en El Quijote, Ana en El Burlador de Sevilla, Isabel en El Alcalde de Zalamea... la violación nunca es tratada desde el punto de vista de la mujer. Representaciones o narraciones en las que se reconocen fantasías eróticas, producto sobre la representación que la sociedad ejerce sobre la mujer.

La expresión de una sociedad patriarcal donde el maltrato y la violencia a las mujeres está en lo cotidiano. El sistema patriarcal además las hace culpables de ser ultrajadas: en palabras de Ortega y Gasset, (Estudios sobre el amor, 1957. Ed. Plenitud) “Cuando el objeto erótico es una mujer, la incitación al rapto se potencia, porque también, en cierto modo, puso Dios en el mundo a la mujer para ser arrebatada, no digo que deba ser así, pero ¿qué le vamos a hacer si Dios lo ha arreglado de esa manera?”.

Las crueldades literarias del Marqués de Sade dieron lugar al concepto de sadismo y han ejemplificado desde entonces la misoginia atroz del arte masculino sexualmente transgresor. En sus obras son característicos los antihéroes, protagonistas de violaciones y disertaciones mediante las que justifica cínicamente sus actos. Como sugiriera Georges

Bataille, el Marqués de Sade creía en la crueldad y la violencia como base de la sensualidad y en su estética había más que una sumisión vulnerable a sus fantasías.

Para Bataille la violencia se nutre de la excitación que se produce cuando rompe el tabú, es por esto que considera poco eficaces las prohibiciones de la violencia, porque el ser humano busca su excitación traspasando lo prohibido. Al igual que el Marqués de Sade, su escritura se basaba en la búsqueda de la provocación en el lector, con un tratamiento del sexo fuera de lo normal a través de actos sexuales tabúes yuxtapuestos con objetos de lo cotidiano, como leche o huevos, en ocasiones ojos, aderezados con un poco de violencia que consideraba un modo legítimo de controlar a su compañera.

En su obra El erotismo (1957) lo define por un lado como la exposición carnal y por otro a través de la mirada de voyeur que se deleita en la escena. La pornografía se disfraza de literatura con la intención de escandalizar. Además, hay un componente erótico en lo incestuoso, lo prohibido, incluso lo diabólico como en La pesadilla de Füssli, donde presenta a un íncubo poseyendo a una joven mientras otro ser sombrío lo observa, obra por cierto muy admirada por los surrealistas.

La atención sobre el desnudo femenino en el arte desde el Renacimiento hasta la posmodernidad expresa un ideal del artista como masculino, viril y sexualmente desinhibido.

Para Linda Nead el desnudo femenino es una metáfora dentro del patriarcado de que la mujer ha sido colocada bajo el dominio del varón. A medida que las representaciones se vuelven más gráficas, y con el nacimiento de la fotografía, el desnudo femenino cada vez está más sexualizado, convertido en objeto y con connotaciones fetichistas.

El arte sexualmente transgresor ha sido un arma importante en el arsenal cultural con el que los hombres han dominado a las mujeres en el patriarcado. Algunos antropólogos, queriendo justificar ese componente violento de la sexualidad masculina, han sugerido que se debe a consecuencia de la naturaleza depredadora del hombre cazador, donde la persecución y la captura están presentes en su impronta biológica.

En la estética del cuerpo sexualizado de los surrealistas como Salvador Dalí o Hans Bellmer, se pueden observar ciertas distorsiones, desmembramientos y cuerpos extraños

buscando exponer y explorar tabúes de su sociedad muy inspirados en sus lecturas del doctor Sigmund Freud. Los maniquíes o muñecas sin cabeza de Bellmer muestran a la mujer objetualizada y sexualizada a través de la mirada masculina, de voyeur, que a veces aparece a modo de sombra en sus fotografías y dibujos.

El gran masturbador de Dalí, inaugura una serie de obras de iconografía fálica, miembros blandos y fluidos que representan sus preocupaciones onanistas.

En su colaboración con Luis Buñuel, Un perro andaluz, 1929, se entremezclan fetichismo, violencia y acoso: una mano aprieta un pecho en un primer plano; un atropello visto desde el balcón desata una serie de deseos sexuales en el personaje...etc.

La obra de Picasso, un misógeno cruel y controlador que sedujo a mujeres y se desentendió cuando se cansó, está salpicada de violencia, sexo o juegos de objetos y palabras con connotaciones sexuales. El minotauro que recuerda a los sátiros abalanzándose sobre cabras, representa una violación, en la el hombre está sufriendo una suerte de metamorfosis y sus piernas se están convirtiendo en pezuñas. Minotauro, Violación, de 1900 conservada en el Museu Picasso de Barcelona, sería la primera de muchas representaciones del tema a lo largo del tiempo, sirviéndole como alter ego.

Man Ray en Le Violon d’Ingres, 1924, superpone las formas de las rosetas de un violín sobre la espalda de la famosa modelo Kiki de Montparnasse, como si ella fuera un instrumento para ser tocado por el artista o el espectador. Man Ray, quién más de una vez había alardeado de tratar a las mujeres con violencia, no se limita a convertir a su musa en objeto, sino que además sus imágenes entrañan un significado más profundo haciendo referencia a poner a la mujer en un lugar concreto que le corresponda.

Para los surrealistas la mujer representaba el ídolo y el enemigo; amante o esposa, compañera o femme fatale; Musa o demonio... en cualquier caso sujeto pasivo u objeto. Desde los maniquís mujer – objeto convertidos en perchero hasta el sillón con los labios de Mae West, de Dalí.

A medio camino entre el surrealismo y el realismo mágico encontramos la imagen de René Magritte, Violación (1934), donde el espectador adopta el papel de voyeur, el rostro de la mujer desaparece o se cosifica en él su cuerpo, la conversión de ojos en senos, de

boca en sexo y nariz en ombligo hacen que se perciba a la mujer como objeto de deseo. La víctima de violación experimenta con malestar la mirada masculina que se le infringe cotidianamente al cuerpo femenino.

El arte postmoderno ha utilizado esa imagen peyorativa de la mujer de forma subversiva como herramienta crítica. Por ejemplo en una de las series de fotografías más conocidas y criticadas de Helmut Newton, considerado a sí mismo feminista, la mujer aparece en posturas, escenas o con ropas asociadas al mundo del sadomasoquismo, la esclavitud y el fetichismo. Su obra se integra dentro del uso subversivo de la imagen, con una dosis de ironía, pero el peligro de comerciar con la moneda del sexismo es que una audiencia más joven puede que no sea capaz de interpretar esas alusiones.

Allen Jones se convirtió en el enemigo número uno de las feministas, con sus famosas obras mujer-objeto, piezas controvertidas con mujeres de silicona, en posturas incómodas que hacían las veces de muebles domésticos con una vestimenta característica del fetichismo y sadomasoquismo.

Otras manifestaciones postmodernas dejarán más claro este uso subversivo de la imagen. Cindy Sherman en la década de los 70 se autorretrata como mujer maltratada o víctima de abusos. Mediante sus escenificaciones genera una crítica desde la perspectiva feminista.

La performance de la artista cubana Ana Mendieta, Rape Scene (1973), denuncia un hecho ocurrido en su universidad donde violaron a una joven que apareció en la misma postura que ella representa desnuda de cintura para abajo y con las piernas manchadas de sangre. La obra reflexiona a partir del cuerpo vejado para denunciar el uso que hace el hombre de él como objeto de manera violenta y sin consentimiento.

En el seno del arte y la cultura contemporáneas se han generado debates teóricos acerca de la representación de la violencia, la representación de este tipo de imágenes y los efectos de lo violento sobre la construcción de identidades. Analizar las representaciones artísticas de la violencia nos lleva a preguntarnos si éstas pueden competir con el impacto visual creado por los medios de comunicación, si nos pueden emocionar imágenes artísticas que sabemos que son ficción, si existe una relación entre la experiencia estética y las emociones negativas o si los registros visuales y narrativos de la violencia han sido incorporados a las representaciones artísticas.

Las artes plásticas tienen a mostrar la violencia contra las mujeres como algo bello, estético, placentero; muestran a un hombre depredador y a una mujer pasiva, desnuda, más objeto que sujeto, que, o bien no tiene expresión, o bien sonríe como si el rapto fuese un acto de amor y no de violencia. A esta perpetuación de ciertos mitos de la literatura y el arte han contribuido mucho los medios de comunicación de masas.

Cada vez se observa una sexualidad más explícita en los medios: en la publicidad, el cine, o la televisión. La representación de las mujeres en los mass media se reduce a una retahíla de tópicos insultantes. Constatamos diariamente la utilización de la mujer en el mundo de la publicidad como objeto erótico, o como consumidora de productos de limpieza y del hogar aún cuando la mujer está incorporada a la vida laboral. Son innumerables las películas que muestran la violencia ejercida contra la mujer como algo erótico.

Asistir al espectáculo televisivo, las tertulias y el relato morboso de hechos es algo despreciable. La justificación patriarcal plantea la hipótesis de colaboracionismo en el que se le atribuye a la víctima el mismo deseo. El tratamiento de la víctima que se da en los medios normalmente sigue explicando la violencia sexual desde análisis sexistas que culpabilizan a la víctima: ya sea por su ropa, la hora en la que sucedió, lugar aislado o “peligroso”; como sucedería con el caso de Diana Quer; o en el juicio del asesino de Nagore, donde preguntaron a la madre de la víctima si tal vez ésta era muy ligona.

Uno de los casos más mediáticos y que ha evidenciado un clarísimo caso de analfabetismo sexual ha sido el de La Manada: Una violación grupal, con superioridad numérica y de forma intimidatoria grabada en vídeo que intenta pasar como orgía de amigos. Históricamente uno de los alegatos para tratar de disimular el crimen consiste en hacerlo pasar por un consentido e inocente juego de seducción buscado o al menos consentido por la víctima convirtiéndolo en un encuentro sexual permitido, pues no opuso suficiente resistencia. La víctima no sólo tiene que probar el abuso que ha sufrido sino también justificar por qué se sometió a sus violadores. Bajo esta premisa si uno no se resiste suponen que entonces deseaba secretamente lo que ha pasado o que de alguna forma lo merece.

En conclusión, las agresiones sexuales, y en concreto, la violación de mujeres, se legitiman en cierto modo, ya sea por la minimización del daño mediante un proceso de

normalización o creando una estética de las agresiones sexuales en diferentes manifestaciones culturales. Reflexionar sobre la violencia y sus representaciones nos lleva a preguntarnos por qué es un hecho que forma parte de lo cotidiano.

Un hombre no comete una violación como reacción a un estímulo visual erótico, pornográfico y/o violento; más bien esto contribuye a la construcción cultural de una masculinidad y modela el deseo de una forma muy concreta que hacen posible la violación en el imaginario. Contribuye al igual que los textos bíblicos, la mitología, literatura y otras muchas producciones culturales que han favorecido a lo largo de los siglos a la construcción de masculinidades misóginas. La pornografía en concreto enseña al consumidor que las mujeres están para el placer de los hombres, que para alcanzar su propósito, explota a la mujer en virtud de la excitación y placer del hombre. Modela el apetito de hombres y niños para aceptar e incluso desear la explotación de las mujeres.

A medida que la pornografía se ha vuelto más aceptable, tanto legalmente como culturalmente, el nivel de brutalidad y degradación hacia las mujeres se ha intensificado. Robin Morgan dijo: “la pornografía es la teoría, la violación es la práctica”; no es que la pornografía haga que los espectadores abusen sexualmente de los demás, sino que crea lo que algunos investigadores han llamado cultura de la violación, al normalizar y legitimar a violencia en contra de las mujeres. Atribuir a los hombres características instintivas propias del animal exculpándolo de los hechos y normalizando la violación significa apoyar la cultura de la violación.

Es necesario un cambio en la actitud sexual de los hombres y mujeres, la ruptura del tradicional aspecto de sacrificio de la mujer. La actitud dominante del hombre y la pasividad atribuida a la mujer es algo tan arraigado y fomentado que puede advertirse en los más mínimos detalles de la vida cotidiana. Todavía se educa a las mujeres para gustar a los hombres, para encontrar un hombre que le proteja, que le de seguridad, mientras que a los hombres se les educa para ganar dinero, triunfar y dirigir. A ellos se les valora más por sus realizaciones personales, sin embargo, a la mujer se la valora por su imagen.

“¿Serás tú mi apoyo o un amo?... Acaso te han educado con la convicción de que la mujer no tiene alma... ¿Seré tu compañera o tu esclava? ¿Me deseas o me amas?”: George Sand.

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