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ESE JERSEY QUE NO ME PONGO | EL PASO DEL TIEMPO Y EL CINE. (PARTE 1).



Aquí estamos de nuevo estimados lectores. Para la entrada de esta semana en nuestra publicación, queríamos haceros llegar nuestra visión, posiblemente un tanto romántica o mucho, de la situación del cine; ya no del cine en cuanto a producción fílmica, sino del cine a nivel de exhibición. Para poder trasmitiros nuestro sentir, vamos a prestar atención a la ciudad en la que vive por ahora Timeless, que es Madrid. Hace unas semanas recibimos la triste noticia del cierre de uno de esos recintos denominados comúnmente cines, antes conocidos como palacios; porque así se concibieron cuando la industria cinematográfica embrujó en el buen sentido de la palabra, a las gentes a las que les tocó de lleno este avance tecnológico. Se trataba del cine Palafox, una las mejores salas de la capital por no decir la mejor de todas, por lo menos antes de tener que adaptarse y reconvertir su fantástico entresuelo en dos salas más pequeñas. Tenemos que matizar que no estamos haciendo esta valoración a día de hoy, si no 40 años atrás, por poner unos años al azar. Esta sala, que ha aguantado estoicamente contra viento y marea hasta este año, es ya otra sala que se une a esa enorme lista de fallecidos culturales de la ciudad.


Nada podemos hacer por frenar el tiempo y dada la velocidad a la que marchan los avances tecnológicos, se modifica la forma de vida y se consume, la sensación es de estar viviendo dentro de un acelerador de los que se usan para entrenar a pilotos y astronautas. No vamos a recurrir al tópico de que cuantos más años tienes, el tiempo avanza más rápido, mas cuando de sobra sabemos que el tiempo dura lo que dura, dejando la relatividad a un lado. Simplemente todo se percibe tan deprisa, porque probablemente en el siglo pasado y los primeros años de éste, se ha avanzado más que en los miles de años previos del hombre sobre la tierra en su totalidad. Los avances facilitan más avances que a su vez facilitan otros nuevos y esto hace que vivamos la vida de manera exponencial. Todo esto viene al caso, porque el cine como lo conocemos, alcanzó su cenit hace muchos años y otras formas de visionado y múltiples formas de entretenimiento, dispersaron a los consumidores en muchas otras direcciones. Obviamente, o te adaptas o posiblemente no sobrevivas. El cine como tal, ha sufrido una perdida de espectadores que ha llevado a hacer insostenible tener locales de exhibición con aforos que superan las 1.000 localidades, puesto que colgar un cartel de “completo” resulta prácticamente imposible a día de hoy en un fin de semana, ver una sala de dimensiones tales un día de diario en sesión de cuatro con varias personas ofrece un panorama desolador.


Lo curioso de todo esto, es que se sigue consumiendo cine, posiblemente tanto o más como cuando este invento dio alas a muchas generaciones, que pudieron ser el o la protagonista de la historia contada y permitió durante horas a millones de almas, desconectar de la rutina y las preocupaciones ¿Entonces qué es lo que pasa? Como no vamos a meternos en cuestiones de impuestos y precios de las localidades, que todo influye. ¿Cuál es el motivo por el que los cines han desaparecido? En Madrid, miras la cartelera en el periódico y francamente, se te abren las carnes si la comparas con la cartelera de hace tan solo 15 años. Simplemente no sabemos. ¿O sí? Realmente todos somos responsables de que las salas de exhibición hayan desaparecido. No tengáis demasiado en cuenta esta afirmación como si de un ataque se tratara, pero debemos reconocer que si una sala de cine muere es porque quienes le dan la vida han decidido quitársela. ¿Cómo? No acudiendo a la sala cinematográfica a disfrutar de una película. No acudiendo al lugar donde la proyección obra la magia y hace que la experiencia sea la de verdad, donde se exprime de principio a fin un producto creado expresamente para ser disfrutado en un cine. ¿Es por el precio de la entrada? ¿Es por la comodidad de no salir de casa? ¿Es porque las bajamos de internet mediante unas cuantas pulsaciones en nuestro ordenador en cinco minutos? ¿Es porque las vemos a trozos en nuestros dispositivos móviles mientras hacemos las tareas de casa o vamos al trabajo? ¿Por qué hemos decidido destrozar el trabajo de tantas personas que viven de este arte? ¿No somos capaces de ver el esfuerzo y trabajo de esas, a veces, cientos de personas que desfilan en los créditos finales y en las que raramente nadie repara mientras suena un compendio de la maravillosa banda sonora de la película que hemos terminado de ver?





¿Nos hemos preguntado alguna vez si nos gustaría que nos robaran? La respuesta sería que no, obviamente. ¿Entonces cómo es que parece lícito robar a los poseedores de los derechos de autor de estas obras? Recordad que el cine está considerado el 7º Arte y como tal se merece un respeto, el caso es que las decenas de “megas” que nos ofrecen las compañías de telefonía nos permiten esas instantáneas descargas de bienes pertenecientes a otras personas que viven de ese trabajo. No pretendemos reprender a nadie, puesto que ninguno estamos libres de pecado, pero si nos gustaría que reflexionarais sobre ello. Es importante que, puesto que todo va tan rápido, por qué permitimos dejarnos arrastrar por ese vórtice que todo lo engulle. Realmente somos capaces de seguir el ritmo que dicta el tiempo que nos está tocando vivir y al mismo tiempo disfrutar pausadamente de nuestras aficiones. Nos han inculcado la impaciencia por el tener o poseer antes que los demás las últimas novedades y realmente en nuestras manos está frenar ese ritmo. No hace falta correr para ver el último estreno. ¿Dónde queda ese placer de la espera? ¿Esa planificación de una tarde de cine? Ver y sentir una película en una sala como un regalo que te mereces y permitirte asombrarte como cuando eras niño o adolescente en esas magníficas tardes en nuestros económicos cines de barrio. De los que antes había y ya también ocupan todos ellos su correspondiente nicho en el panteón de los cines desaparecidos. O poder regalarte con los ahorros de la hucha esa película en un cine de estreno en la Gran Vía, que por cierto, eran bastante más caros que los de barrio y no menos caros que ahora, con el boato de antaño. Te ponías la ropa de los domingos y llegabas a esas enormes salas que asombraban por sus decoraciones palaciegas y sus pantallas protegidas tras un pesado telón de suntuoso terciopelo a modo de envoltorio del regalo que era la magia de ser lo que quisieras durante dos horas.


Posiblemente sea esa aceleración constante la que también ha llevado a las productoras a intentar recuperar la inversión en tan solo tres fines de semana y cuando vas a mirar la cartelera para buscar en qué cines ponen una película que te interesa ver, resulta que ya solo la proyectan a horas intempestivas o en cines muy lejanos de donde vives y eso hace que tengamos que correr si no queremos perdernos el último estreno de nuestro director favorito en las mejores condiciones, que son las que ofrecen los cines.

Sea como fuere parece existir una especie de interés de origen desconocido, que se empeña que vayamos corriendo a todos los sitios y que en el fondo lo único que nos aporta es ansiedad. En nuestras manos está…


Tras estas reflexiones lanzadas a nuestros apreciados lectores, el que escribe esto quiere compartir su sentir respecto al cine, no tanto en cuanto a películas se refiere como a los palacios cinematográficos donde se exhibían. Muchas veces he pensado que el mundo me mostró, y pasado un tiempo, me robó algo que me aportó mucha felicidad. Hace ya mucho tiempo que no frecuento el cine porque cada vez que lo hago me viene el recuerdo de cientos de horas de magia que atesoro como la más preciada de mis posesiones; que eran los pequeños lujos de una economía bastante mermada. Contemplar la decadencia del cine realmente me entristece y enturbia todo ese tiempo disfrutado plenamente. Recuerdo que me emocionaba los días previos ante la perspectiva de ver una determinada película. Buscaba la sala con la pantalla más grande e indagaba en que zonas del cine se podría disfrutar mejor de la proyección. Llegado el día, salía temprano de casa puesto que internet era una especie de invención cinematográfica a la que quedaba mucho tiempo aún para hacerse realidad. Hacías cola o no, según el interés por la película y existía ese trato personal con la taquillera a la que le preguntabas por la mejor localidad, cómo me gustaban esas entradas grandes en papel a las que le grapaban el impuesto correspondiente… Recuerdo, que me encantaba recrearme en la opulencia caduca de muchos de ellos, me gustaba perderme en los detalles de la sala, memorizar todos y cada uno de los apliques, lámparas y molduras, hasta tal punto que llegué a recordar dónde vi cada película y en que zona del cine. Para mí era toda una ceremonia, sentarse y esperar que el telón a modo de papel de regalo descubriera la próxima película que me iba a maravillar..



El cine Palafox, situado en la calle Luchana, que hemos perdido, lo conocí de oídas allá por el año 82, cuando mi hermano me quiso llevar a ver E.T. El Extraterrestre allí, resultaba dificilísimo adquirir entradas y tuvo que conformarse con comprarlas en el pequeño cine Arlequín en la calle San Bernardo, muy cerca de la Gran Vía. No me importó en absoluto no poder ir esa magnífica sala, porque fue la primera vez que vi magia en directo, recuerdo mirar hacia atrás y ver aquellas caras desconocidas todas con la misma expresión, exactamente la misma que yo sabía que tenía. Creo que fue la primera vez que me sentí formar parte de un grupo, de una entidad mayor que mi familia o conocidos. Fue tan grande la emoción que la recuerdo como si estuviera sintiéndola exactamente igual ahora mismo, mientras estoy escribiendo estas líneas. Cierto es que mi hermano me regaló otras dos proyecciones previas a ésta que también fueron pura magia para mi en el extinto cine Torre Madrid, ahora sala de fiestas, y que corresponden a dos películas de las que me considero fan absoluto: La Guerra de las Galaxias, en reestreno y El Imperio Contraataca. Pero la primera vez que sentí la auténtica magia, fue en ese pequeño cine Arlequín que ahora se ha reconvertido en teatro afortunadamente.


Desde aquel E.T., me quedé con el gusanillo por saber qué tenía de especial el cine Palafox que tanta atracción generó con aquella película. Fue veinte años después cuando descubrí el secreto, viendo otra película curiosamente del mismo director, Steven Spielberg, se trataba de Hook allá por el año 92, “el año de España”; el día del estreno, en la primera sesión, en delantera de club, en compañía de un amigo muy valioso.


Debo reconocer que la espera mereció la pena y pude conocer de primera mano el halo que mi imaginación infantil le otorgó a esta sala veinte años atrás. Ciertamente, tras conocer prácticamente todos los cines supervivientes a la crisis cinematográfica de aquellos años, ya fueron muchos las caídos en combate; desde el primer momento en que sacamos las entradas en la ventanilla de sillones de club y entresuelo, que antes estas salas con dos taquillas, separaban la fila de esa manera, según las preferencias de la audiencia en esos años o según la economía de cada cual años atrás cuando las entradas tenían precios distintos si la butaca estaba bien situada o no tanto. Algo que no comprendo es porqué no se sigue haciendo. A fin de cuentas, no es lo mismo ver una película en primera fila que la en la central centrada, valga la redundancia. La experiencia superó con creces mis expectativas. Entrar en una sala de cine y sentir que el trato que recibías era más que correcto parecía aventurar que el regalo tras el telón podría resultar incluso más especial, alguien me tachará de romántico o superficial por valorar un libro por su portada y no por su contenido, pero en mi defensa os digo, que absolutamente todo está estudiado y eso supone un esfuerzo y trabajo que da de comer a familias. Los propietarios de esta sala supieron entregarnos las películas como si de formidables regalos se trataran y puedo aseguraros que lo consiguieron durante décadas. La perfecta conservación de la sala, de suelo a techo, ni un solo punto de iluminación fundido, la impoluta, clara y mullida moqueta de la entrada, la decoración genuina de los años 60, no sólo de calidad, sino que parecía recién salida de la fábrica, la impecable indumentaria de sastre de los acomodadores… Se percibía el amor y respeto al 7º Arte. Y dejo para el final, lo más impactante, entrar en una sala con un telón de dimensiones descomunales que prometía disfrutar de la proyección a lo grande, en el antiguo Cinemascope de años atrás o el Panavision de 65 o 70 mm de hoy. Una vez sentado y comprobada la comodidad de las butacas, reparabas en que la música de espera no eran piezas conocidas en principio, la música era la propia banda sonora de la película que ibas a ver. Detalles que parece que podrían pasar desapercibidos pero que añadía valor al hecho de proyectar la película, no olvidemos que nuestro cerebro capta mucho más de lo que creemos. Y ya, como remate, el maravilloso ritual de las dobles cortinas más las cortinillas que yo llamo de formato. Ver descubrir lentamente y con asombro descubrir una pantalla de tamaño tal, velada por un telón de semitransparente visillo sobre el que incidían ya los anuncios y se retiraban acompañando al telón principal con un estudiado retraso de unos metros y permitiendo el visionado de los anuncios perfectamente centrados en la pantalla con las cortinillas negras de formato. Mientras tanto, continuaba la acomodación de espectadores con la sala a media luz y cuando los anuncios llegaban a su fin, ese velado telón iba tapando poco a poco la pantalla con un avance, esta vez de unos estudiado metros de diferencia respecto al telón principal que era de un precioso azul que conjuntaba a la perfección con el morado que predominaba en la sala y el dorado mate de los tubos de órgano que franqueaban la pantalla. Cerrados ambos telones, volvía a sonar la banda sonora de la película y se recuperaba la iluminación para permitir completar la ocupación de las butacas vendidas. Pasados unos minutos que permitieron que me recreara aún más en el entorno, pude comprobar que éste debió resultar muy moderno para la época en la que fue inaugurado, ya anticuado para los gustos del aquel año 92, pero conservado con tal mimo, que parecía casi como recién abierto y te sentías transportado a los grandes años del Cinemascope y el Technicolor. Para mi resultó la caja de exhibición perfecta y me convirtió en cliente habitual del mismo aún cuando su entresuelo fue dividido en dos salas más pequeñas, conservando el patio de butacas, la esencia de lo que fue, aunque ya no lo sentía como aquella primera vez, ya no era posible ver una película desde una localidad privilegiada como era delantera de club. Como os dije al principio, dejé de acudir al cine hace años y por tanto dejé de acudir al Palafox, ya me sentí desplazado de algo que fue muy mío y que siento que se me robó.


Realmente lamento profundamente esta pérdida a pesar de los rumores que hacen indicar que este espacio seguirá siendo cine, pero consumido de una forma muy distinta, seguramente será un cine de prisas, llegar corriendo, impacientarse si hay muchos anuncios, ver la película estando pendientes del teléfono móvil y comenzar a salir de una de las salas “caja de cerillas” corriendo, incluso antes de comenzar a pasar los títulos de crédito de todos los participes en la creación, puesto que todo parece que hay que hacerlo corriendo, incluso salir tranquilamente pensando en la película que has estado disfrutando parece que se ha perdido porque hay que llegar corriendo al sitio al que vayas…



Continuará.




En la próxima entrada vamos a seguir hablando un poco más del cine en Madrid y nos adentraremos también en una cuestión que nos preocupa. ¿Qué le pasa a la Gran Vía?



Agradecimientos:

Agradecemos, especialmente a dos personas el que hayamos podido despedirnos del cine Palafox en persona, tal cual se encontraba el día de su cierre, el 28 de febrero de 2017, exhibiendo una producción de la Royal Opera House, La Bella Durmiente y la película Jackie. Fueron dos acomodadores, uno que muy amablemente nos cedió el paso a los vestíbulos pero con el que no tuvimos el placer de hablar y José Vicente, un acomodador de este cine en sus tres últimos años, que nos contó como fueron los últimos tiempos de esta sala y uno de los afortunados en ver E.T. El extraterrestre en aquel lejano año 82. Muchas gracias a ambos.




Madrid – (En uno de mis rincones de pensar)







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