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QUÉ ESTÁ PASANDO? | LA MUJER EN EL MUSEO: PRESENCIA Y AUSENCIA.






«El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres»

Simone de Beauvoir.




“El museo es una institución sin fines lucrativos, permanente, al servicio de la sociedad y de su desarrollo, abierta al público, que adquiere, conserva, investiga, comunica y expone el patrimonio material e inmaterial de la humanidad y su medio ambiente con fines de educación, estudio y recreo”.





Obedeciendo a la última definición de museo del ICOM y de nuestra legislación sobre patrimonio, los museos deben estar al servicio de la sociedad con el objetivo principal de su educación y conocimiento del pasado.

La ausencia de una parte de la sociedad en ésta representación se consideraría una forma de violencia pasiva hacia la mujer. Podemos seguir, a día de hoy, haciéndonos las preguntas que desde su creación en 1984 se hacían las Guerrilla Girls en torno al tema: “¿Tienen que estar desnudas las mujeres para entrar en el museo?”, ya que se produce un gran desequilibrio histórico entre la profusión de la mujer como objeto, siendo ampliamente representadas en manifestaciones artísticas de todos los tiempos – desde la mirada principalmente masculina –, y una minoría, casi invisible, de la mujer como sujeto creador (menos del 5% de los artistas expuestos en las secciones de arte moderno eran mujeres, mientras que el 85% de los desnudos eran femeninos).





Así, deberíamos preguntarnos por qué no han representado desde el inicio a las mujeres y los hombres de forma equitativa. La respuesta obedece a la discriminación que ha planeado sobre las mujeres a lo largo de la historia. Resulta realmente difícil hacer frente a un pensamiento que se ha mantenido —y se sigue manteniendo— durante siglos sobre el género y que se nos ha inculcado. Cualquier reivindicación en la lucha por la igualdad de género puede resultar amenazante para la mitad de la población que siempre ha tenido el poder sobre la otra mitad.






Teniendo en cuenta nuestra Ley de Igualdad, principalmente en su artículo 26, y la definición de la ONU de violencia de género como “cualquier acto o intención que origina daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico a las mujeres. Incluye las amenazas de dichos actos y la coerción o privación arbitraria de libertad, ya sea en la vida pública o privada”, los museos e instituciones afines deben prestar atención al hecho de que la mujer ha sido sistemáticamente rechazada y su aportación considerada irrelevante por lo que se pretende visibilizar esa mitad de la población silenciada hasta hace poco.

La discriminación de las mujeres en el arte, a pesar de que son mayoría en las escuelas de Bellas Artes, es patente en los estudios que reflejan la escasa presencia de las mujeres artistas en ferias y museos.

La Asociación Mujeres en las Artes Visuales trabaja en torno a la promoción de la igualdad real y efectiva entre mujeres y hombres en el sector.





La gran responsabilidad de los museos, como instituciones patrimoniales y culturales es hacer frente a la discriminación en museos. No se trata solo de adquirir y conservar obra de mujeres o hacerlo en mayor cantidad sino también de conservar y exponer debidamente los fondos existentes, divulgarlos e investigarlos, ya que son funciones propias del museo y un deber de los mismos para con la sociedad al completo.



Virginia Wolf analizó el papel de la mujer en la literatura, y además de llegar a una sencilla pero revolucionaria conclusión, con la cual se inicia el ensayo 'Una habitación propia' : 'que una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas', descubrió en su camino como la literatura ha sido cómplice en esa discriminación de la mujer, nos reta a imaginar que pasaría si en la literatura los hombres sólo aparecieran como amantes de las mujeres, si nunca fuesen amigos entre ellos, soldados, pensadores, etc; qué pequeño sería su papel en las obras de Shakespeare, la literatura saldría bien perjudicada. Sin embargo, lo vemos habitualmente en el caso de las mujeres, aparecen casadas en su contra, encerradas en una habitación, limitadas a una tarea, era realmente difícil que un autor pudiese hacer un retrato completo e interesante, o verídico de ellas. De esta forma, Woolf, somete al público lector a una seria reflexión sobre por qué la representación femenina en la literatura universal se ha limitado al amor entre la mujer y el hombre, dejando entre líneas los sentimientos y las vivencias femeninas de toda clase, que, si se visualizaban, siempre era en una prosa llena de silencios y elipsis.





Erika Bornay, en su libro “Las Hijas de Lilith” narra como la historia del arte y la literatura se han aliado en la creación de una imagen perversa de la mujer. Según la Biblia hebrea, Lilith fue la primera mujer que Dios quiso darle como compañera a Adán, y la hizo, a semejanza de él, del polvo de la tierra. Y Lilith, viéndose su igual, se rebeló un día ante sus constantes exigencias y lo abandonó. Huyó a los espacios y tuvo amores con diversos demonios: fue la primera mujer liberada de la historia de la humanidad. Fue la primera "femme fatale".



Jaime Brihuega afirma que el arte ha sido un elemento fundamental a lo largo de la historia para transmitir y reproducir las superestructuras ideológicas y, dentro de esas superestructuras ideológicas, el androcentrismo se hace evidente en una (pre)dominante sociedad patriarcal. A finales del siglo XIX y principios del siglo XX se produce una configuración de la ideología artística, es decir, los valores tradicionales dan paso a nuevos intereses en el mundo de las artes. Sin embargo, los ideales patriarcales de una sociedad cuya estructura de género implica el sometimiento de un sexo sobre el otro siguen presente y, a través de las producciones artísticas, quedará reflejada esta ideología dominante. Eso implica que todo se haya hecho desde los ojos del hombre y a su medida, y este androcentrismo explica el olvido al que se ha condenado a las mujeres durante siglos.





Durante siglos el rol de la mujer en el arte se limitó a modelo y musa, fuente de inspiración para el ojo del artista masculino. La mujer se configuró como objeto de culto y símbolo de belleza aún en sus más variados estilos estéticos. Pero la figura femenina en el arte está también asociada al comportamiento moral como representación de lo malo, del vicio, del pecado, a través de la iconografía de la femme fatale.




Como ya apuntó Linda Nochlin en su obra 'Mujeres, arte y poder': 'Las imágenes de la mujer en el arte reflejan y contribuyen a reproducir ciertos prejuicios compartidos por la sociedad en general, y por los artistas en particular, algunos artistas más que otros, sobre el poder y la superioridad de los hombres sobre las mujeres, unos prejuicios que quedan plasmados tanto en la estructura visual como en el contenido temático de la obra (...) Se trata de prejuicios acerca de la debilidad y pasividad de la mujer; de su disponibilidad sexual; su papel como esposa y madre; su íntima relación con la naturaleza; su incapacidad para participar activamente en la vida política'.



Esta imagen de la mujer como sujeto pasivo provocó la ira de la sufragista Mary Richardson, quien mutiló “La Venus del espejo”, de Velázquez en la National Gallery de Londres, el 10 de marzo de 1914, asestando siete cuchilladas en la pintura causando daño en la zona de la espalda y los hombros de la Venus.





Además de las Guerrilla Girls, que nos enumeraban las ventajas de ser una mujer artista, en uno de sus carteles más irónicos: “Trabajar sin la presión del éxito; tener la oportunidad de escoger entre tu carrera y la maternidad;” ver tus ideas reflejadas en el trabajo de otros; estar segura de que cualquier tipo de arte que hagas será catalogado como femenino; ser incluida en versiones revisadas de la Historia del Arte; etc”; existen otras artistas han reivindicado el trabajo de la mujer en diversos campos de la cultura, como Judy Chicago, en su famosa obra The Dinner Party, símbolo del activismo feminista en el arte americano, instalación que desde un punto de vista histórico trata de rescatar a las grandes mujeres de la historia occidental que habían quedado ocultas a la sombra del androcentrismo. Consta de tres mesas colocadas en forma de triángulo, símbolo de lo femenino, con trece lugares en cada una, haciendo alusión a la última cena de Jesús con los apóstoles, y presididas por grandes mujeres de la historia como Emily Dickinson, Virginia Woolf, Mary Wollstonecraft, entre otras.





En 1971 la historiadora del arte norteamericana Linda Nochlin se preguntaba en un artículo publicado en el periódico 'Art News': “¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas?”. En este artículo demostraba que las mujeres habían sido sistemáticamente excluidas y olvidadas por el discurso oficial: sus obras no estaban en los museos, ni en los manuales de Historia del Arte, o si lo hacían era de una forma marginal.




Sin ir más lejos, el manual más vendido de Historia del Arte, de Ernst Gombrich, con el que se han formado tantos historiadores y artistas, en su primera edición de 1950 no incluía ni a una sola mujer artista a lo largo del amplio arco cronológico en que trabaja.





La performance de la artista María Gimeno 'Queridas Viejas', corrige esa ausencia de mujeres en su propio manual de Gombrich, devolviéndoles el espacio que merecen. La artista se basa en la premisa de que lo que no se escribe –o no se pronuncia– no existe. Para su acción toma un gran cuchillo de cocina, tal vez parecido al de la sufragista que rajó 'la Venus de Velázquez', y secciona el manual al uso, no para destruirlo sino para ampliarlo con una serie de entradas creadas por ella.


¿Entonces cuál ha sido el trabajo de los museos en su búsqueda de la igualdad? Tristemente no resulta factible poder llegar fácilmente a cuotas de igualdad en torno a las colecciones, la historia nos lleva una gran ventaja, en ocasiones de siglos formando colecciones desde una perspectiva masculina, y aunque en los últimos años se haya incrementado la adquisición de obra de mujeres artistas, ésta no puede ser la única vía.



Tenemos, por un lado, las exposiciones temporales, donde aún nos queda un largo camino por recorrer y un aprendizaje. El camino a seguir más común en los museos está siendo el recate y puesta en valor de la mujer artista, a través de monográficas, o las llamadas “exposiciones de mujeres” que siguen rayando en lo “femenino” como categoría sectaria. Algo que ya advirtió Barbara Kruger: “Existe un peligro potencial en las pancartas y el etiquetado. El término “arte de la mujer” que todo otro arte no es ¿para mujeres? Este tipo de categorización refuerza potencialmente los límites de la exclusión y reitera de lo que está y lo que no está permitido en áreas particulares de la cultura, esas categorizaciones perpetúan cierto tipo de marginalidad a la que me resisto, pero me defino absolutamente como feminista”.





Debemos, por tanto, dejar de crear exposiciones en torno a grupos de mujeres bajo títulos como “heroínas”, “mujeres de vanguardia”, “arte en femenino”, y un largo etcétera, como si su presencia en el arte y la historia fuese algo inusitado, y buscar otras fórmulas, hacer que éstas se incluyan en los discursos del arte con normalidad.





Y, por otro lado, podemos insistir en la reordenación de colecciones, pues existen más mujeres artistas en los almacenes de los museos que en las salas de exposición, no salen de sus peines por diversos motivos, pero principalmente se resume en la falta de atención, investigación, restauración o estudio, para poder saber en qué contexto colocarlas, en qué discurso introducirlas, sin ser éste un discurso exclusivo para ellas, que ha sido el camino fácil.



Pensando en la exposición “Invitadas. Fragmentos sobre mujeres, ideología y artes plásticas en España (1833-1931)”, imaginé desde el primer momento que el término “invitadas” era intencionado, si bien no me parece del todo acertado quizás cumple su función poniendo el dedo en la llaga, las llaman invitadas, intrusas, extraviadas o censuradas, entre otros. Pero lo que más llama la atención es el cartel promocional que se sitúa en la Puerta de Velázquez, con la obra de Concepción Figueroa Martínez y Güertero a tamaño monumental, es casi un grito de auxilio, es la imagen de la mujer entre las columnas del museo, entre barrotes, encarcelada en el olvido, nos reclama ayuda.






A través de estas dos ideas podemos entrever las razones que dieron lugar el pasado octubre al escándalo del invitado que se había colado en la exposición del Museo del Prado. La exposición “Invitadas” se inauguraba, incluso con meses de retraso, de forma precipitada, o al menos eso parece en la decisión de incluir una obra, que, debido a su mal estado de conservación, se creyó autoría de Concepción Mejía de Salvador. Estuvo durante años en el almacén, sin exponerse, sin restaurarse, sin si quiera catalogarse o documentarse, ya que la última entrada al respecto venía de lejos, de cuando las colecciones del MNCARS y Museo del Prado se reordenan a través de un Real Decreto 1995, que establecía el año de nacimiento de Picasso, 1881, como franja divisoria entre ambas colecciones. Este hecho es sintomático de la falta de atención a las mujeres en el museo.



Como un ejemplo de buenas prácticas podríamos mencionar al Museo Sorolla, en torno a la inclusión en el discurso expositivo de la figura de Elena Sorolla, quien firmaba sus esculturas como Helena, y en ocasiones ni si quiera las firmaba, como pasaría con tantas mujeres. Se formó en la Institución Libre de Enseñanza y con el escultor Mariano Benlliure, interesándose desde muy joven por la escultura, al contrario que sus hermanos y su padre, su temática giró en torno al cuerpo femenino y el retrato. Algunas de sus obras pueden verse en la colección permanente del museo y otras han sido “invitadas” a la exposición del Museo del Prado.





Y ahora, podríamos responder a esa pregunta retórica de las Guerrilla Girls: ¿Tienen que estar desnudas las mujeres para entrar en el museo?, y la respuesta: - No, tienen que estar invitadas. Esperamos el día en que no sea algo excepcional, en que la igualdad que forma parte de nuestros derechos y códigos legales sea visible en todos los aspectos de la vida. El museo tiene una tarea en cuanto a vehículo entre la sociedad y al arte y no puede seguir anclado en postulados rancios que ya no representan a la sociedad en su conjunto. La gran responsabilidad es ofrecernos una visión del presente y del pasado veraz, de forma que si una parte de ésta se omite lo convierte en algo marginal y por tanto se le impide participar en la construcción de una memoria colectiva. Esperemos ver cumplida la esperanza de Safo de Lesbos: “os aseguro que alguien se acordará de nosotras en el futuro”.







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